ESTELAS

Y quizá no hay más novedad que las nuevas,

y a veces escandalosas,

   combinaciones de la tradición.

 

       CARLOS FUENTES

ESTELAS

 

 

 

I

 

Viajero que llegas de otras tierras

y pasas al lado de mi tumba,

detén tu litera y mira un breve instante

el mensaje que ha grabado el pedrero:

cuanto atesoré en vida quedó entre vivos,

la hierba que me cubre es toda mi riqueza.

 

 

 

II

 

Yace aquí la juventud de Antonia.

Vivió para amar al joven Nibes.

Sus pechos fueron flores de loto

que duran lo que un verano ebrio.

 

 

 

III

 

Alba Minor, de la familia Flavia,

a la edad de trece años y un día.

Sus padres, sus hermanos la recuerdan

jugando en el estanque de las ranas.

 

 

 

IV

 

Quien lloró de amor por una mujer,

llore conmigo sobre esta tierra ingrata.

Extranjero fui en su corazón,

extranjero lejos de mi patria.

Dos dolores para un mismo pecho.

 

 

 

V

 

Bajo esta lápida, mi esposo

Draco purga sus pecados.

Amó más de cuanto los dioses

permiten amar a los mortales.

Sus huesos te agradecen

una oración por su descanso.

 

 

 

VI

 

Pese a los artificios que la cosmética

prestó a mi rostro, la edad

venció a los afeites más sabios.

He aquí la primera lección de la vida:

ofrecer a la muerte cuanto tienes

como a un distinguido huésped,

sin tratar de engañar su presencia.

 

 

 

VII

 

El muchacho que aspiraba a dominar

el orbe, aquí yace desnudo.

Su espada fue enmoheciéndose con humus

y hoy sólo serviría de vulgar chatarra.

 

 

 

VIII

 

Con placer bebí vino endulzado con miel

y sacié a cuantos hombres sedientos

llegaron a mi lecho. Los dioses

han sido benévolos con Marco Plinio

concediéndole el más bello regalo:

dulce muerte en brazos de su amante.

 

 

 

IX

 

¿Qué fue de mi esposa y mis hijos?

¿Qué se hizo de mi villa y riquezas?

Desde este nicho angosto, sólo

el silencio y la noche me pertenecen.

Tanto desierto para un hombre solo.

 

 

 

X

 

Caronte cogió la moneda colocada

en mis labios. No debió parecerle

oro suficiente para el largo viaje.

Por un momento temí que el viejo avaro

se negara a remar por tal miseria.

XI

 

Aprovecha, Julia, los dones generosos

que la naturaleza te brinda. Los labios

que ayer te besaban con pasión y esmero,

hoy son flores del campo y el viento

las besa y marchita a su antojo.

 

 

 

XII

 

En vida, mi gentil pecho llevó tatuado

un nombre de mujer, más indelebles

sus sílabas cuanto más pronunciadas.

Murió el amor y su fantasma quedó

aferrado a mis huesos. Me pregunto

qué será del tatuaje cuando en polvo

finalmente mis huesos se conviertan.

 

 

 

XIII

 

Aquel cuerpo que los dioses raptaron

en juventud, yace entre los lirios

del monte Ida. Su pecho, un pétalo

demasiado casto. Por no dejarse amar,

junio amortaja su virtuoso talle.

 

 

 

XIV

 

Bajo el tambor de la batalla cayó

mi cuerpo herido y con las pompas

propias de un héroe fui enterrado.

Mas mi espíritu aguarda, despierto,

a que suene la flauta de Dioniso.

 

 

 

XV

 

Coronado de rosas y jazmines,

bajo el sol radiante de agosto,

la blancura del mármol juega

a imitar la nieve perpetua

de tus labios. Entre el invierno

y el estío hay una estación

–la añoranza– aún más dolorosa.

 

 

 

XVI

 

Si la muerte se asoma a mis ojos

a beberme la niña oscura

e igual que una paloma acude

volando al columbario en sombra,

no le deis, no, zumo de naranja;

amargos, tal vez, los gajos,

no así mis ojos. Lirios de azúcar,

tiemblan si un ave se posa en ellos.

Cuánto más no temblarán de amor

con el ala tibia del cuervo.

 

 

 

XVII

 

Mi pequeña y adorable Marcia,

la más dulce de mis hijas.

El viento de enero la raptó

convirtiéndola en nube.

 

 

 

XVIII

 

Marco Sileno, veintidós años.

Los dioses sacrifican a quien,

demasiado lejos de ser humano,

no alcanza la condición de dios.

 

 

 

XIX

 

Mi mano izquierda conoció el placer.

Mi mano derecha detentó la sabiduría.

Cuerpo e inteligencia, hoy dormís

de la mano como esposos serenos

cuando, en vida, os peleabais a muerte.

 

 

 

XX

 

En el huerto de Ismeno,

bajo la higuera florida,

yace una espada cruenta.

Tal es la suerte que corren

en Urk los primogénitos.

XXI

 

Aprendí de los libros cuanto ellos

quisieron enseñarme. El resto

escrito estaba en las orillas

del mar: flujo y reflujo constante,

sólo la muerte explica la vida.

 

 

 

XXII

 

Yo, que he sobrevivido a cien lanzas

y he hecho temblar el vientre

del desierto con uno solo de mis carros,

perdí ante tus ojos mi última batalla.

Ser cobarde en amor equivale a estar muerto.

 

 

 

XXIII

 

Las raíces de flores silvestres,

la renuncia a los rayos dorados del alba,

la filtrada humedad de la lluvia,

éste es el reino que puedo ofrecerte.

 

 

 

XXIV

 

De la noche aprendí el precio de la luz.

De los libros, la luz sin precio

para el hombre. De la noche y los libros

le vienen al hombre no pequeños placeres.

 

 

 

XXV

 

Sacié mi apetito en los montes, mi sed

en un vado del río, mi sueño a la sombra

de un sauce. Sólo tú, en cuyo vientre soñaba

ver crecer a mi hijo, me negaste la vida

y con ella la paz que ansía el durmiente.

 

 

 

XXVI

 

El azar puso un río entre mi nombre y yo.

Su orilla incesante fue lamiendo las letras

hasta borrar del todo mi nombre y la sombra

de mi nombre. Ésta que aquí ves, viajero,

anónima e ignota, es la tumba que un día

el azar me asignó con su dedo de agua.

 

 

 

XXVII

 

La arena del desierto no bastaría

para medir mi desesperación.

El tiempo de los muertos se alarga

en mi cerebro –móvil elipse–

como una duna elástica y obscena.

 

 

 

XXVIII

 

Destino se llama la curva de la muerte,

breve como la cintura de una muchacha.

De día, mi cuerpo soporta el peso

de la rosa. De noche, las sombras

se abalanzan con sus pétalos desnudos.

 

 

 

XXIX

 

Marulino, el contador de estrellas,

bajo el cielo cuajado de mayo.

El ojo del toro vigila su sueño,

su negra testuz lo amortaja.

 

 

 

XXX

 

Desde antiguo haber sentido el mármol,

su pulso cimbreante por mi sangre;

haber pronunciado mármol con lengua

vivaz, flexible, adiestrada;

haber sentido y pronunciado el frío

de la palabra mármol, de la sustancia

mármol, intuyendo el caos que se avecina.

XXXI

 

El gato arañó las paredes de mi pecho

hasta oír el maullido de su sangre.

Tarde o temprano a la muerte

le responde el eco del amor.

 

 

 

XXXII

 

Que los dioses me conduzcan de la mano

al reino prometido. Que mis párpados

se cierren al unísono entre sus dedos.

Paz para mi tumba, Elio Galbo,

ahora que por fin me has derrotado.

 

 

 

XXXIII

 

Dentro de mil mañanas, Plinio,

pertenecerás de nuevo al barro,

la infancia se habrá apoderado de ti

y sólo fantasías te robarán el sueño.

 

 

 

XXXIV

 

Sólo el arpa de Níobe puede darme paz.

Sólo los ojos de Níobe, dulce descanso.

Sólo sus labios, un paraíso eterno.

Sin Níobe, ¿cómo conciliar el sueño?

Buscadla, amigos, y traedla a mi lado,

noche y día quiero besar a Níobe.

 

 

 

XXXV

 

El tiempo que los mármoles arruina

se apiade de mi nombre. Tiberio Cayo,

cónsul de Roma en tiempos difíciles.

Borrada la historia, la leyenda

embellece con creces los actos humanos,

hace olvidar lo ruin y miserable

de esta absurda carrera política.

 

 

 

XXXVI

 

Más acá del azar y de la muerte,

mi mano pequeña y solitaria.

Más allá de la muerte y el azar,

mi mano enredándose en la tuya.

 

 

 

XXXVII

 

De la vigilia al sueño y viceversa.

Agotado del viaje, insatisfecho,

regreso sin haber tocado fondo.

 

 

 

XXXVIII

 

Nadie tiene el valor de ser el hombre

con quien los dioses sueñan. A lo sumo,

la sombra de un dios menor,

obediente en todo a sus mandatos,

incapaz de levantarle espada.

 

 

 

XXXIX

 

Júpiter, que da y quita los bienes

a voluntad, quiso concederme

días agradables: buenos libros,

amistades sencillas y tranquilos

días en el campo, alejado de la turba

y el bullicio indómito de Roma.

 

 

 

XL

 

Concluyó tu tiempo, amigo Licio.

Atrás dejaste suntuosos banquetes,

muchachas gozadas en los cinco días

de Minerva, mantos teñidos con púrpura

africana, vinos de Falerno perfumados,

dinero y vicio en abundancia. Plutón,

que no se deja ablandar con oro,

siega por igual a grandes y pequeños.

Es hora de partir, no siempre a la copa

le gusta estar posada en los mismos labios.

Deja que otros más jóvenes disfruten

el vino que dejaste en la bodega.

XLI

 

Arribaré donde el viento me lleve,

cualquier costa idónea será. Cambiantes

son las olas marinas mas no mi ánimo.

Cambiantes los vientos, no así mi Norte.

 

 

 

XLII

 

El cuerno de la abundancia volcó sobre mí

su alegre estrépito. Gasté sin medida

comprando cuanto puede ofrecer el dinero.

Tarde supe aprender a distinguir

al simple adulador del verdadero amigo.

Devolvedme, oh dioses, mi antigua pobreza;

no teniendo nada, todo creí tener.

 

 

 

XLIII

 

¿Hasta cuándo, sangre, esta inercia,

esta página errada de mi vida?

Ningún dios se atreve a enderezar

el envés inexorable de este crimen.

 

 

 

XLIV

 

¿De qué le sirve al hombre un jardín con rosas

o el canto del ruiseñor oculto entre las ramas

si no puede estrechar la breve cintura

de la mujer que ama entre sus brazos?

Corazón mío, por si despiertas,

pongo en tu almohada canela y miel.

 

 

 

XLV

 

Como quien se resigna a la humilde tarea

–más vil a medida que pasan los años–

de esculpir en la piedra con diaria desidia

un hermoso epitafio dedicado a sí mismo.

Murió poco antes de dar fin a la estela,

dejando inconclusa la razón de su vida.

Descanse en paz. La tierra le sea leve.

SOLDADO RASO

SOLDADO RASO

 

En la penumbra se oye un sordo chocar de vasos

más débil a medida que avanza el ejército enemigo.

Amparados por las sombras algunos escapan

hacia el monte, prefiriendo las fauces del lobo,

el duro pelaje del la nieve y la maleza.

Junto al muslo de Herocles su espada dormita

con el rostro hacia tierra, bien limada y brillante.

Van apagándose las últimas candelas y el campamento

ciñe en torno al cuerpo su capote.

Con las primeras luces, a la par que el rocío,

caerá el invasor sobre el valle arrasando a su paso

la comarca, sus tropas a ras de la neblina.

Fuego y coraje insuflará a los miembros helados

el olor repentino de la sangre, el choque

estremecido de las lanzas, cuerpo a cuerpo.

Nerviosos piafan los caballos.

Nadie duerme esta noche ni sueña

–tan cruenta es la certeza que a todos amilana–

con parajes remotos ni adorables mujeres.

Perdida la esperanza de salir con vida, roto el ánimo,

Herocles prefiere emborracharse antes de la contienda.

Altivo avanzará a ritmo de tambores,

erguidos el pulso y la espada, aunque su entraña

ruja de dolor por no haber vivido suficiente

para abrazar en primavera al hijo primogénito.

Esta noche, cada uva vale su peso en sangre,

cada uva un oasis en la garganta del soldado raso.

OCTAVIA DE GADES

 

Amor en la palma de la mano, húmedo y turgente,

reciclado en la inquieta cámara del muslo,

rumoroso en la axila, torpe con las palabras,

apretado turbante ceñido a mi apetito. Crujiente

y niño por mis pies, mancebo en la rodilla,

pierna arriba, cielo arriba, dios maduro.

 

Caerá la noche con su peine de plata

dispuesta a desatarme las trenzas, la ternura.

Más me valiera morir al hilo de sus púas

que sufrir la madrugada oyendo el insistente

jadeo del mar contra mi orilla; morir de perfil

igual que las monedas, el gesto firme y el honor

en alto, como una digna patricia romana.

AQUELAO

 

                              A Juvenal Soto

 

 

Si ayer frescor de río te ofreció mi cintura

y en su estrecho cauce encontraste deleite,

deja, Aquelao, que esta noche me tienda

de nuevo a tu costado. Entreabierta la lona,

juntos podremos mirar desde el lecho

el lento deslizarse de los astros.

 

No temen mis párpados el roce de tu espada.

Esclava de nacimiento, con sangre ajena

he ocupado los días más tiernos de la infancia.

¿Qué sangre podría hoy detenerme, qué sangre

apartarme de ti tras el combate? Cuando herido,

mi lengua fue lamiendo tu orgullo lastimado.

 

Ahora que el estío avanza y los grillos

preparan su celoso amor, el cielo difumina

la campiña y suaviza el contorno de los montes.

En sus tiendas, los soldados afilan sus armas

o se juegan las últimas monedas,

eufóricos por el vino y el calor de la noche.

 

Tienes catorce años, catorce años

y toda la Macedonia doblegada a tus pies.

Mensajeros regresan portando un oráculo

aciago, mas no vemos dolor alguno en tu rostro.

Antes que venza el otoño y los soldados

regresen cansados a sus casas, la muerte

 

pondrá flores de adelfa y barquillos de miel

en tus labios para que vengan a libar

en ellos los insectos, engarzará a tu pelo

un hibisco de abiertos estambres y bajo tu nuca

un buen puñado de mullida hierba colocará

con la misma ternura con que pongo mi brazo.

JULIA ESPERA, ENCINTA, LAS PRIMERAS LLUVIAS

 

                                                        A María Victoria Atencia

 

 

La pendiente se comba con el sopor de junio

y la yerba reseca se ajusta a la chicharra.

Silenciosa, a la sombra del portal encalado,

sumisamente aguarda el frescor de la tarde.

Se entretiene tejiendo con sus dedos un puente

de recuerdos que nadan de una orilla a la otra

y si en la débil corriente acaso una rama

se entrecruza en el cauce y adelgaza las aguas,

una duda un instante le nubla los ojos

y a su cintura ciñe un rosario de abejas.

Julia, tu vientre se curva al compás del trigo,

madurando despacio, a la espera de octubre.

Cuando pase el estío volverán los soldados

–morenas las espaldas, tenso el tambor del labio,

un látigo de polvo sostenido en la lengua–.

Entre ellos Antonio, el de la boca amarga,

a enredarse en tu pelo y deshacerte las crenchas.

Para él, el queso más suave, la almohada

más blanca, el agua de la alberca en sombra.

Pon el pan en la mesa, que ya cae la tarde,

y del pozo del pecho despégate la bruma.

Al monte malherido subirá el olor de la cena

y padre llegará envuelto en el rebaño.

el emperador Adriano
el emperador Adriano

ADRIANO REGRESA A SU PATRIA

 

Esta noche he pisado de nuevo tus calles

como quien pisa en el lagar los granos

orondos que fue viendo crecer en el racimo.

Tocado por la nostalgia, mi corazón parecía

en los últimos meses un lebrel huraño,

ansioso por regresar a tierras de infancia.

He recorrido esta noche tus calles

y las puertas se iban cerrando a mi paso.

De pie, me he puesto a escuchar el viento

limar la piedra enferma y arrancar de cuajo

el lastre confuso de la historia.

A solas con tu ruina, recién llegado,

he sabido que no era éste mi reino,

ni ésta la ley hospitalaria de que hablan

los libros, sino una estela al aire

donde las letras se han ido desdibujando

al contacto áspero de la lluvia.

Extranjero, si llegas mañana a Itálica

mi casa no hallarás entre estas piedras.

Hace tiempo que, vencido por los dioses,

murió el último de mis antepasados.

PLOTINA POMPEYA

 

Siendo cónsules Marco Nucio y Cayo Albonio,

Plotina Pompeya, de la familia Plocia,

hija de ricos mercaderes de aceite y gárum,

lloró amargamente tres noches y tres días

abrazada al tronco de un drago milenario.

Corrían malos tiempos en la alegre Gades,

agitaciones políticas perturbaban el ánimo

y el libertinaje saltaba acá y allá

exaltando el pecho ingenuo de la turba.

Así lo habían anunciado los lictores del dios

entre los blancos mármoles del templo,

salinos por la presencia continua de las olas

que acuden a besar los pies cansados del viajero.

Plotina Pompeya lloró tres lágrimas rojas

que cayeron a tierra. Incendiada su casa,

asesinado su padre por viles criados,

sólo en aquel árbol pudo hallar consuelo.

Años más tarde, a una villa cercana a Roma

llegaron mensajeros portando aciagas noticias:

un maremoto había asolado su costa natal

y arrancado de cuajo las entrañas del drago.

Ensortijadas a la raíz encontraron tres perlas.

El pueblo de Gades las mandó engarzar

y envió el regalo a la hermosa Plotina Pompeya,

esposa del muy querido emperador Trajano.

Poseían la humedad salada y tímida del llanto,

el deseo de retornar de nuevo a sus ojos.

EPÍSTOLA A SILENO

 

Hundiéndose en los poros morados de la tarde,

mis pies se encaminan sin preguntarse

el rumbo, atentos a la ley del paseante.

Sólo desorientados admiten la indulgencia

terrible de los dioses que marcan el sendero

correcto de la vida, nunca sus atajos.

Mas he aquí que el otoño se ablanda

y me ofrece senderos nunca antes hollados,

parajes sombríos donde anida la yedra

y los pájaros cantan una música extraña.

Al fondo del camino, entre el follaje,

una fuente de mármol se vislumbra.

Nunca palpes, Sileno, su piedra mojada

pues inscrito en tus dedos quedará el mensaje

que el agua fue esculpiendo con desidia.

No sé qué hay en el mármol de eterno y virginal

que me confunde. A mí, que hace tiempo

he dejado de creer en los dioses.

LA VENDIMIA

 

Cuando la chicharra derrame sin cesar su agudo canto

y aparezcan Sirio y Orión en los cielos,

en la fecha en que Ceres ha dispuesto la uva

llena de abundante y dulcísimo jugo,

reúne en tu hacienda una cuadrilla de mozos

dispuestos a podar con diligencia los racimos,

mozos curtidos por el sol y el duro trabajo del campo,

acostumbrados a obedecer al primer gallo del alba.

Los verás dócilmente doblar sus espaldas sobre la viña,

despojándole uno a uno sus preciados racimos

escondidos entre frondosos pámpanos,

y acompañar su labor con canciones de siega

que acortan el paso de las horas y alegran

el semblante cansado de los más jóvenes.

Una de sus canciones dice así:

 

Te ceñiremos, muchacha, uvas redondas,

jugosos racimos a la cintura, tu cabeza

cubriremos con pámpanos recién cortados,

un collar verde en tu cuello pondremos.

Pero escóndete, muchacha, escóndete,

no sea que tu celoso esposo te vea

reír la mañana siguiente a la boda.

 

El sol irá cayendo hacia tierra y, por un instante,

se entretendrá en lamer la fruta apiñada en el carro.

Es hora de regresar a los hogares

y lavar con agua fría los miembros entumecidos.

Reanudarán mañana la tarea con nuevo ánimo

y otras canciones vendrán a sus bocas

mientras sus manos manejan diestras la podadera.

CARTAGO

 

Solamente el olor a rastrojo quemado

o el más denso y dulzón de la sangre

consiguen aplacar al enemigo.

Azuzado, mi corazón gimió débilmente

mientras en torno a él silbaban las flechas

y el aire se encendía como una antorcha viva.

Cansado de luchar consigo mismo,

esquilmadas sus fuerzas,

mi corazón cedió su trono turbio.

Atropellaron las ruedas de los carros

cuanto, en siglos, atesoró este reino

con sudor y paciencia, arrasando

el débil equilibrio de los hombres.

Hermanos, tanta desolación vieron mis ojos:

nuestro ejército huir en desbandada,

abrirse en dos los muros, caer las puertas

sin oponer resistencia, nuestras mujeres

pagar deshonroso tributo, cielo y tierra

ensangrentados bajo el puño de Roma.

Hermanos, mi corazón lloraba como fruta

atravesada por cuchillos, cuyo zumo

se pierde finalmente entre la hierba.

Mi corazón, una punta de lanza envilecida

que clama a los dioses venganza.

DE AQUÍ A LA ETERNIDAD

 

Intuyo que me queda poco tiempo

por retener los rayos ciegos e indolentes

de un sol que apenas si calienta.

Si se cuentan los años parece que escasa

fue la ocasión propicia para nosotros mismos.

Desde siempre engañamos al cielo con minucias,

tergiversando el mudo eclipse de los astros.

Un niño juega en el camino, miradlo,

un niño con la muerte a flor de piel.

No más eternidad que el hombre a solas,

sincrónico en su pulso con los dioses

mientras al horizonte, inútil como hermoso,

lentamente su sol declina la cabeza.

No más eternidad que la cruel, la sospechada

luz que nunca hemos rozado.

Permitidme morir sin flores, sin rezos.

Que alguien venga a leerme

antiguos poemas que escribí en mi juventud,

los únicos que no hablan de la muerte.

ANTINOMIA

Antínoo
Antínoo

Una hora de sol lo hacía pasar

del color del jazmín al de la miel.

 

MARGUERITE YOURCENAR

 

 

 

LA NAVE SIGILOSA

 

Cuando el emperador posó una cadenciosa

mano de oro, un círculo de anillos

mitológicos sobre su cabeza, Antínoo

sintió en los párpados el peso de las aves

y sonriendo levemente al eje ineludible

de los astros perdió la mirada

en la calina dilatada del horizonte.

El Nilo corría lento y pardo sembrando

de islas la marisma, mientras en Delfos

el oráculo inclinaba sus oscuros presagios

hacia la nave que, sigilosa,

surcando iba sin prisas la provincia.

Una brisa de fuego empujaba su vela

discoide y al son punzante de los remos

el destino perfumaba el aire con el denso

aroma de la adelfa rosa o blanca.

Sumisas, polvorientas, lograban deslizarse

río abajo las márgenes rojas, cuarteadas.

En la orilla oculta, la palma ardiente

del desierto mostraba un tatuado

jeroglífico: la línea tortuosa del amor,

la órbita elíptica de la muerte, el punto

exacto donde eclipsan el sol y la luna.

 

 

 

LECTURA DEL AGUA

 

Cerca del Mediodía casi rozan la bóveda.

Reflejado en las aguas, el cuello de Antínoo

se yergue del cieno como una joven planta

abandonada al devenir de la corriente.

Las ondas distorsionan el óvalo perfecto

de sus miembros, desdibujan su rostro

al chocar contra el flanco de la nave.

Nadando a la deriva algún pez solitario

traspasa el caracol sedoso de los pómulos

y penetra en su boca con un beso de escamas.

Cansado del inocente juego, el muchacho

abandona la borda y decide ir a tumbarse

bajo el toldo. Aprieta el calor los muslos,

invita a penetrar las estancias del sueño

el compás monótono del barco. Dócilmente

el pecho de Antínoo comienza a abandonarse

al balanceo, sube y baja a la par

que la nave, terso y manso como la piel

del Nilo. Su respiración acompaña

el zumbido dulzón de las libélulas

y, ajeno por completo a los auspicios,

sueña ver en el río reflejada otra boca

que no es la de su dueño. Desde la hamaca

sus ojos no distinguen entre el fango

las crueles hojas de los alfanjes.

 

 

 

MEDIODÍA PERFECTO

 

Mediodía perfecto en Egipto. Antínoo duerme.

Diríase barbilampiño, algo rubio de sienes,

hábilmente depiladas sus piernas para hacer

más lenta y reiterada la caricia de Adriano.

Su cuerpo, apenas un botón de miel salvaje,

un cervatillo de oro bajo la faz del sol.

Entre los cuernos de Isis observó Ra

su belleza. Viera tan sereno y soberbio

adversario dulcemente dormido a la sombra,

que su celo desgarró la lona del toldo,

la cúpula sofocante del aire, quemando

con un rayo el ánade tibio de su pecho.

Quedaron a un costado, mudos, desencajados,

los ojos de Adriano, tristes como yeguas

que ahuyentar quisieran la muerte del amigo.

 

 

 

RESPONSO

 

Oh ritual mortaja, purpúrea tez de exequias

que a los cuencos ojos de Adriano diste vida,

acerca tu rosa espina al labio en luto

y escucha, terriblemente bello y tan distante,

la plegaria que elevan sus labios,

como si pudiera su aliento ser capaz

de insuflarte llama de amor en la llave

del pecho, replicar a los dioses

o devolverle al mundo la palabra.

Apenas ayer diana de sangre eras

para el vuelo de la flecha, joven lanza

sin brazo dirigida. Descansa hoy

adornado como un barco a punto de zarpar

hacia el misterio, limpio de dolor,

blanco hueso de jazmín bajo el túmulo.

 

 

 

EPITAFIO

 

El emperador posa en sus labios los suyos

resecos por la fiebre. Nunca Adriano

ha besado con tanta pasión y sufrimiento.

Ciertamente se le parece este rostro

de mármol blanco, casi perfecto, labrado

con mimo por los dedos del artista,

facciones tantas veces acariciadas

por quien tanto las amó en vida,

recordadas aún más bellas en la memoria,

fuera del tiempo y de lo humano,

lejos de todo posible eclipse.

moneda de Antínoo
moneda de Antínoo